
La democracia estaba siendo atropellada ante la impasible mirada de todos. Había votado por el comandante no por convicción, sino por la deducción de que un gobierno de Eiko sería una repetición de los abusos dictatoriales de su padre, Alfredo. Definitivamente, sus compañeros de trabajo compartirían su punto de vista. Después de todo, habían marchado juntos en la marcha de los cuatro suyos, más de diez años antes.
“No, Eduardo, caballero nomás. A veces se necesita quebrar el sistema democrático para poderlo preservar”, oyó de uno. “Si igual cualquiera de los dos iba a ser autoritario, mejor que gobierne quien no va a joder la economía, pues”, escuchó de la otra.
Tanta frialdad lo tomó ligeramente por sorpresa. Una cosa era que hubieran votado por Eiko, cosa que ya sabía de antemano. Otra, que den su aprobación al fraude electoral. “Oigan,” les repuso “¿cómo que la economía? ¿No se acuerdan de que marchaban contra el neoliberalismo y la dictadura en los noventas? ¿Qué les ha pasado?” ¿Cómo puede alguien cambiar tanto en diez cortos años?
Marcos suspiró como había hecho tantas veces al conversar con Eduardo. “Nos ha pasado lo mismo que a ti. Si tanto te preocupa la democracia, ándate a protestar a Puno. He leído que están pensando desconocer los resultados. ¿Por qué no vas y los apoyas, eh?”
Eduardo no tenía una buena respuesta. Se sentó en su oficina y se puso a trabajar.
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Por ejemplo "Yo recuerdo ese día, a las 9 de la noche en el Regatas se armó un tonazo." podría devenir a que en la narración ello ocurra.